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“Cambiar de raíz la situación de la mujer no será posible hasta que no cambien todas las condiciones de la vida social y doméstica”
Trotsky, Escritos sobre la cuestión femenina
El capitalismo está en un callejón sin salida. La crisis mundial del capitalismo golpea con mayor dureza a las mujeres y a la juventud. En el siglo XIX Marx ya señaló la tendencia del capitalismo a conseguir grandes beneficios mediante la explotación de mujeres y niños. En el primer volumen de El Capital, Marx escribe lo siguiente:
“Por eso, el trabajo de las mujeres y los niños fue la primera palabra de la aplicación capitalista de la maquinaria. Este poderoso sustituto de trabajo y de obreros se transformó inmediatamente en un medio para aumentar el número de asalariados, colocando a todos los miembros de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edad, bajo el dominio inmediato del capital. El trabajo forzado al servicio del capitalista usurpó no sólo el lugar de los juegos infantiles, sino también el trabajo libre dentro de la esfera doméstica, dentro de los límites morales, para la propia familia” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976, Vol I, Tomo II, pág. 110).
En los países capitalistas desarrollados el cambio de los modos de producción y el constante intento de los capitalistas de aumentar la tasa de beneficios, ha llevado al incremento del empleo de mujeres y jóvenes, que trabajan a cambio de salarios bajos, en malas condiciones laborales y con pocos o ningún derecho. Sólo en Estados Unidos, durante los últimos 50 años se han incorporado al mundo laboral cuarenta millones de mujeres y en Europa treinta millones. En 1950 aproximadamente un tercio de las mujeres estadounidenses en edad laboral tenían un trabajo remunerado; el año pasado esta proporción casi era de tres cuartas partes. Según las estadísticas, hoy en día el 99% de las mujeres estadounidenses ha trabajado en algún momento de su vida. El empleo de mujeres —por sí mismo un acontecimiento progresista—, es la condición previa para liberar a las mujeres de los estrechos límites del hogar y familia burgueses, y también el primer paso para su libre y pleno desarrollo como seres humanos y miembros de la sociedad.
Pero el sistema capitalista considera a las mujeres sólo una fuente conveniente de mano de obra barata y parte del “ejército de reserva de trabajadores”, las incorpora al mundo laboral cuando hay escasez de mano de obra en determinados sectores de la producción, y cuando estas necesidades desaparecen, las expulsa de nuevo del mundo laboral. Presenciamos este proceso durante las dos guerras mundiales, entonces las mujeres entraron en las fábricas para sustituir a los hombres enviados al frente y después cuando terminó la guerra se las obligó a regresar al hogar. La mujer volvió a incorporarse al trabajo en el periodo de auge capitalista de la posguerra, durante los años 50 y 60, su papel fue similar al de los trabajadores inmigrantes —una reserva de mano de obra barata—. En el periodo más reciente, el número de trabajadoras ha aumentado para ocupar los huecos existentes en el proceso productivo. A pesar de todo lo que se dice sobre el “mundo de la mujer” y el “poder femenino”, a pesar de todas las leyes que supuestamente garantizan su igualdad, las trabajadoras todavía son uno de los sectores más explotados y oprimidos del proletariado.
En el pasado, la sociedad de clases condicionaba a las mujeres a que fuesen políticamente indiferentes, a no organizarse, y sobre todo, a ser pasivas y por lo tanto proporcionar una base social para la reacción. La burguesía utilizó los servicios de la Iglesia y la prensa burguesa (revistas femeninas, etc.,) para basarse en esta capa y mantenerse en el poder. Pero esta situación ha cambiado en la medida que se transforma el papel de las mujeres en la sociedad. Cada vez son menos las mujeres —al menos en los países capitalistas desarrollados—, que están dispuestas a mantenerse en la ignorancia y a someterse pasivamente al papel tradicional de kirche, kücher and kinder (iglesia, cocina y niños).
Este cambio es un fenómeno progresista que tendrá consecuencias importantes para el futuro. De la misma forma que la burguesía ha perdido su antigua reserva social de masas para la reacción entre el campesinado, en EEUU, Japón y Europa Occidental, las mujeres ya no constituyen esa reserva atrasada de la reacción como ocurría en el pasado. La crisis del capitalismo, sus constantes ataques a la mujer y a la familia, radicalizará aún más a amplias capas de las mujeres y las llevará en una dirección revolucionaria. Para los marxistas es importante comprender el gran potencial revolucionario que existe entre las mujeres.
Las mujeres potencialmente llegan a ser incluso más revolucionarias que los hombres, porque a menudo están más oprimidas que los hombres, están frescas y libres de la rutina conservadora que con frecuencia caracteriza la vida sindical “normal”. Cualquiera que haya presenciado una huelga de mujeres ha podido ver su tremenda determinación, coraje y empuje. Es un deber para los marxistas, tomar toda las medidas necesarias para animar a las mujeres a que entren y participen en los sindicatos, en igualdad de derechos y condiciones.
La cuestión de la mujer, teoría y práctica del marxismo
La cuestión de la mujer siempre ocupó un lugar central en la teoría y
en la práctica del marxismo. En 1845 Engels había escrito La situación
de la clase obrera en Inglaterra. Engels describe detalladamente las
condiciones de vida y laborales completamente insoportables de los
trabajadores británicos en aquella época. Según las fuentes citadas por
Engels, muchos de los trabajadores industriales eran mujeres. En las
hilanderías las mujeres constituían aproximadamente el 70% de la fuerza
laboral total (F. Engels, La situación de la clase obrera en
Inglaterra. Panther Books, 1974, pág. 171, en la edición inglesa).
Engels cita un discurso de Lord Ashley en la Cámara de los Comunes
en 1844: “De los 419.560 trabajadores industriales que en 1839 había en
el imperio británico, 192.887 —casi la mitad—, tenían menos de
dieciocho años de edad, y 242.296 eran mujeres...”.
Engels documenta sus vidas como trabajadoras, madres y esposas. “El
trabajo fabril deja su huella en el físico femenino. Las deformidades
creadas por ocho horas largas de trabajo son bastante más serias entre
las mujeres. Las largas horas de trabajo a menudo originan deformidades
en la pelvis, en parte debido al desarrollo anormal de los huesos de la
cadera, y en parte también por deformaciones en la parte inferior de la
columna vertebral” (Op. Cit., pág. 188).
“Esas trabajadoras tienen un parto más difícil que otras mujeres, y
esto está confirmado por varias comadronas y obstetricias, también
tienen más predisposición al aborto. Además, sufren el debilitamiento
general que es común a todos los trabajadores, y cuando están
embarazadas continúan trabajando en la fábrica hasta el momento del
parto, de otra forma, perderían sus salarios y temen que se las
sustituya si dejan de trabajar demasiado pronto. Con frecuenta ocurre
que las mujeres están trabajando una noche y a la mañana siguiente, dan
a luz en la fábrica entre la maquinaria... Si no se obliga a estas
mujeres a regresar al trabajo en dos semanas, están agradecidas y se
sienten afortunadas. Muchas regresan a la fábrica después de ocho e
incluso después de tres o cuatro días... Naturalmente, el temor a ser
despedidas, el miedo al hambre las lleva a la fábrica a pesar de su
debilidad y desafiando al dolor” (Op. Cit., pág. 189).
“El empleo de mujeres con frecuencia rompe la familia, porque si la
esposa trabaja doce o trece horas diarias en la fábrica y el marido
trabaja el mismo tiempo aquí o en otra parte, ¿qué ocurre con los
niños?”.
Engels también responde esta pregunta: “Crecen como la maleza
salvaje; son puestos al cuidado de una niñera a cambio de un chelín o
dieciocho peniques semanales, cómo les tratan no es difícil de
imaginar. Por eso es tan elevado el número de accidentes que sufren los
niños pequeños en los barrios obreros” (Op. Cit., pág. 171).
Según el informe que cita Engels, más del 57% de los niños de
Manchester morían antes de cumplir los cinco años de edad. Engels
escribía sobre la vida familiar del trabajador, casi imposible bajo el
sistema social existente, con problemas domésticos interminables y
riñas familiares. Y culpaba de esta situación a las “condiciones
sociales existentes”.
Engels también demuestra que los propietarios de las fábricas
solían seducir a las trabajadoras bajo amenaza de despido y algunos
convertían su fábrica en un harén privado. De este modo se extendía la
prostitución.
Este libro —La situación de la clase obrera en Inglaterra—
demuestra que Marx y Engels conocían perfectamente la situación en la
que se encontraban las mujeres de la clase obrera, y por supuesto
estaban preocupados por la difícil situación de estas mujeres, como
también se preocupaban por la difícil situación de la clase obrera su
conjunto. Engels, en el libro acusa a la clase dominante de Inglaterra
de ser la responsable de esta situación. En el mismo año —1845— Marx
publicó La sagrada familia. Aquí parafrasea generosamente a Fourier y
escribe: “Los progresos sociales y los cambios de periodos se operan en
razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad y las
decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la
libertad de las mujeres... porque aquí, en la relación de hombres y
mujeres, del débil y el fuerte, la victoria de la naturaleza humana
sobre la brutalidad, es más evidente. El grado de emancipación de la
mujer es la medida natural de la emancipación general”(C. Marx y F.
Engels, La sagrada familia. Madrid, Akal Editor, 1981, pág. 215).
Marx no estaba en contra de la participación de mujeres y niños en
la producción. Pero sí se oponía a las terribles condiciones en las que
tenían que trabajar y vivir. En la reunión del Consejo General de la
Internacional dijo lo siguiente: “No digo que sea un error que mujeres
y niños participen en nuestra producción social”, sino “la forma en que
tienen que trabajar” (Actas del Consejo General de la Internacional.
Vol. II, pág. 232, en la edición inglesa).
Por esta razón la clase obrera tenía el deber de luchar por la
protección de mujeres y niños, a través de la legislación, contra la
peor clase de explotación. Y por supuesto para reducir la jornada
laboral semanal.
Marx escribe en El Capital: “Los obreros tienen que juntar sus
cabezas y, como clase, forzar una ley estatal, una barrera social
prepotente, que les impida a ellos mismos venderse y vender a su
descendencia para la muerte y la esclavitud mediante un contrato
voluntario con el capital” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor,
1976. Tomo I, Vol. II, pág. 400).
Marx consideraba que por un lado, sacar a las mujeres y niños del
aislamiento social y de la opresión patriarcal de la familia campesina
para que “cooperasen en la producción social, es una tendencia
legítima, correcta y progresista”. Pero por otro lado “bajo el capital
este proceso se convertía en una abominación” (C. Marx, La Primera
Internacional, pág. 88, en la edición inglesa).
“La mujer se ha convertido en parte activa de nuestra producción
social. Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las
transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las
mujeres”, (C. Marx, Cartas al Dr. Kugelmann, en la edición inglesa).
Marx estaba a favor de la incorporación de las mujeres, como
agentes activos, a la actividad política y en 1871 promovió una norma,
y la Internacional la aprobó, en la que se recomendaba la creación de
secciones de mujeres, sin excluir la posibilidad de que en ellas
participasen ambos sexos. En esa época prevalecían unas condiciones de
atraso donde se miraba con desprecio a las mujeres que participaban
activamente en política o que asistían a las reuniones.
Después del colapso de la Primera Internacional, Marx y Engels
participaron como consejeros en los partidos de la clase obrera recién
creados y que más tarde conformarían la Segunda Internacional. Por
ejemplo ayudaron a escribir el programa del Partido Francés de los
Trabajadores para las elecciones de 1880. Marx escribió la introducción
y en ella deja bien claro que “la emancipación de las clases
productoras implica a todos los seres humanos sin distinción de sexo o
raza” (C. Marx, La Primera Internacional, pág. 376, en la edición
inglesa).
Además tenemos el libro de Engels El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado publicado en 1884. El libro en conjunto
es un trabajo pionero, incluso los antropólogos, arqueólogos e
historiadores de hoy en día se ven obligados a mencionarlo.
Desde su publicación se han realizado muchos descubrimientos, pero
Engels en el libro aborda la cuestión de la mujer desde el punto de
vista del materialismo histórico. Y demuestra que el patriarcado no es
algo eterno, sino todo lo contrario.
Lenin siguió los pasos Marx y Engels y también consideraba muy
importante el trabajo de los socialistas entre la mujer (y los
hombres). En el apéndice del libro de Lenin La emancipación de la
mujer, podemos encontrar Mis recuerdos de Lenin de Clara Zetkin. Y
leemos lo siguiente:
“El camarada Lenin habló conmigo repetidas veces acerca de la
cuestión femenina. Evidentemente, atribuía al movimiento femenino una
gran importancia, como parte esencial del movimiento de masas, del que,
en determinadas condiciones, puede ser una parte decisiva. De suyo se
comprende que concebía la plena igualdad social de la mujer como un
principio completamente indiscutible para un comunista” (Lenin, La
emancipación de la mujer. Moscú, Editorial Progreso, 1979, pág. 105).
Lenin no consideraba un tema secundario el trabajo de los comunistas
entre las mujeres. Incluso expresó su descontento con aquellas
secciones de la Internacional Comunista que no hacían lo suficiente en
ese terreno y era muy sincero. “Saber movilizarlas [las masas
femeninas] con una clara comprensión de los principios y sobre una
firme base organizativa, es cuestión de la que dependen la vida y
victoria del Partido Comunista. Pero no debemos engañarnos. En nuestras
secciones nacionales no existe todavía una comprensión cabal de este
problema” (Ibíd. pág. 125).
“Nuestras secciones nacionales conciben la labor de agitación y
propaganda entre las masas femeninas, su despertar y su radicalización,
como algo secundario, como una tarea que afecta exclusivamente a las
mujeres comunistas (...) ¿En qué se basa esta posición errónea de
nuestras secciones nacionales? (No hablo de la Rusia soviética). En
definitiva, esto no es otra cosa que una subestimación de la mujer y de
su trabajo” (Ibíd., págs. 125-126).
No es muy conocido que la hija de Marx —Eleanor—, jugó un papel
activo en el trabajo entre las mujeres obreras en la industria del East
End londinense. Eleanor publicó un artículo en la prensa en el que
defendía la formación de un sindicato de mecanógrafas, formado por
todas las trabajadoras, tanto las que trabajaban en casa como las que
escribían en las oficinas de las empresas: “si quieres vivir de tu
trabajo, tienes que trabajar con una presión enorme, durante ocho horas
diarias o más” (Ivonne Kapp, Eleanor Marx, The Crowded Years, 1884-98,
pág. 364, en la edición inglesa). ¡Qué relevantes suenan estas palabras
cien años después!
Un importante punto de inflexión en la lucha de las mujeres en Gran
Bretaña, fue la huelga de las cerilleras londinenses en 1888, éste era
uno de los sectores más explotados y oprimidos de los trabajadores, y
se rebelaron contra sus opresores. En la fábrica Bow en el pobre East
End, todos los trabajadores eran mujeres, desde chicas de trece años a
madres de familia. Las bárbaras condiciones laborales eran muy
similares a las que hoy sufren los trabajadores del Tercer Mundo. El
fósforo blanco utilizado para fabricar las cerillas producía una
espantosa enfermedad que desgastaba los huesos de la mandíbula; éste
era el resultado de comer en el centro de trabajo en una atmósfera
contaminada por el fósforo. Los malos salarios empeoraban por el
sistema de multas, con frecuencia se imponían por errores triviales que
eran fruto de la fatiga. Gracias a este sistema los accionistas
conseguían un dividendo del 22%.
En julio de 1888, las cerilleras dejaron a un lado sus temores y
672 mujeres iniciaron una huelga. A los quince días, gracias al apoyo
de los sindicatos y a una campaña pública de recogida de dinero que
consiguió la considerable suma de 400 libras, las mujeres consiguieron
concesiones importantes. Estas trabajadoras no cualificadas organizaron
el Sindicato de Manchester, el sindicato femenino más grande de
Inglaterra. Esto fue un paso de gigante hacia adelante en la explosión
del “Nuevo Sindicalismo” en Gran Bretaña, por primera vez el
proletariado no cualificado se organizaba en sindicatos. De esta lucha
se pueden extraer lecciones importantes y útiles para la situación
actual; hoy, como hace cien años, muchos trabajadores no cualificados y
semicualificados están desorganizados, y una parte importante son
mujeres.
Los bolcheviques y la mujer
Los bolcheviques siempre dieron mucha seriedad al trabajo
revolucionario entre las mujeres obreras. En concreto Lenin daba una
enorme importancia esta cuestión, especialmente durante el periodo de
insurrección revolucionaria de 1912-14, y en la Primera Guerra Mundial.
Fue en esta época en la que comenzó a celebrarse el Día Internacional
de la Mujer (el 8 de marzo) con manifestaciones masivas de
trabajadores. No es casualidad que la Revolución de Febrero (marzo
según el nuevo calendario) comenzara el Día de la Mujer, en que las
mujeres se manifestaban contra la guerra y por el elevado coste de la
vida.
Los socialdemócratas comenzaron a realizar un trabajo constante
entre las mujeres obreras en el periodo de 1912-14. Los bolcheviques
organizaron en 1913 el primer mitin para conmemorar el día
internacional de la mujer trabajadora en Rusia. Ese mismo año, Pravda
comenzó a publicar una página regular dedicada a los problemas que
afectaban a las mujeres. En 1914 los bolcheviques lanzaron un nuevo
periódico —Rabotnitsa (Mujer Obrera)—, el primer número apareció el día
internacional de la mujer trabajadora, para distribuirlo en las
manifestaciones convocadas por el partido. El periódico fue prohibido
en julio junto con el resto de la prensa obrera. El periódico
bolchevique se financiaba con el dinero que recogían las trabajadoras
en las fábricas y ellas lo distribuían en los centros de trabajo. En él
se informaba de las condiciones y las luchas de las trabajadoras, tanto
en Rusia como en el extranjero, y desde sus páginas se animaba a las
mujeres a que participaran junto con sus compañeros en la lucha.
También se insistía en que rechazaran el movimiento femenino iniciado
por las mujeres burguesas después de la revolución de 1905.
El trabajo revolucionario de los socialdemócratas rusos durante la
Primera Guerra Mundial se enfrentó a enormes dificultades. El partido y
los sindicatos estaban ilegalizados. En 1915 el movimiento empezó a
recuperarse de los golpes recibidos en los primeros meses de la guerra.
Un sector donde empezaron rápidamente a conseguir importantes avances
fue entre las mujeres trabajadoras, muchas de ellas expulsadas del
trabajo industrial. Cuando estalló la guerra, las mujeres eran un
tercio de los trabajadores industriales, y esta proporción era aún
mayor en la industria textil. Durante la guerra aumentó esta proporción
en la medida que los hombres eran movilizados para ir al frente. La
situación de las mujeres empeoró durante la guerra, muchas mujeres
tenían que hacer frente solas al mantenimiento de sus familias, a las
escaseces y al encarecimiento del coste de la vida. Las mujeres obreras
participaron en muchas huelgas y manifestaciones para protestar contra
los penurias derivadas de la participación de Rusia en la guerra.
El partido bolchevique estaba formado fundamentalmente por hombres
(en el Sexto Congreso bolchevique celebrado en agosto de 1917, las
mujeres eran el 6% de los delegados). El siguiente extracto es del
panfleto titulado A las obreras de Kiev, distribuido por los
bolcheviques en Kiev (Ucrania) el 8 de marzo en 1915. El panfleto nos
da una idea de la forma en que los bolcheviques abordaban la cuestión
de la mujer en su agitación pública. En él hacen un llamamiento para
vincular la opresión de la mujer con el sufrimiento de los
trabajadores, y la defensa de un programa para la liberación de la
clase obrera en su conjunto:
“Es lamentable la suerte del trabajador, la situación de la mujer
es incluso peor. En la fábrica, en el taller, ella trabaja para un
empresario capitalista, en casa lo hace para la familia.
Miles de mujeres venden su fuerza de trabajo al capital; miles de
esclavos alquilan su trabajo; miles y cientos de miles sufren el yugo
de la familia y la opresión social. A la gran mayoría de las
trabajadoras les parece que esto tiene que ser así. Pero ¿es verdad que
las mujeres trabajadoras no pueden esperar un futuro mejor y que el
destino las ha deparado una vida de trabajo y sólo trabajo sin
descansar noche y día?
“¡Camaradas trabajadoras! Los compañeros trabajan duro junto a
nosotras. Su destino y el nuestro es el mismo. Pero hace tiempo que
ellos han encontrado el único camino hacia una vida mejor, el camino de
la lucha obrera organizada contra el capital, el camino de la lucha
contra toda opresión, maldad y violencia. Compañeras, no tenemos otro
camino. Los intereses de los trabajadores y las trabajadoras son
iguales y son los mismos. Sólo mediante la lucha unificada con los
trabajadores, en las organizaciones de trabajadores —el Partido
Socialdemócrata, los sindicatos, clubs obreros y cooperativas— ,
conseguiremos nuestros derechos y una vida mejor” (Lenin’s Struggle for
a Revolutionary International, pág. 268, en la edición inglesa).
La mujer después de Octubre
En la Rusia zarista las mujeres eran legalmente esclavas de sus
maridos. Según la ley zarista: “La esposa tiene que obedecer a su
marido, como jefe de familia, permanecer junto a él, amarle,
respetarle, obedecerle siempre, hacer todo lo que le favorezca y
demostrarle su afecto como esposa”. El programa del Partido Comunista
en 1919 decía: “En el momento actual, la tarea del partido es trabajar
en primer lugar, en el reino de las ideas y la educación, para destruir
completamente todos los vestigios de desigualdad o viejos prejuicios,
particularmente entre la capa más atrasada del proletariado y el
campesinado. Sin limitarse sólo a la igualdad formal de las mujeres, el
partido tiene que liberarlas de las cargas materiales del obsoleto
trabajo familiar y sustituirlo por casas comunales, comedores públicos,
lavanderías, guarderías, etc”.
Sin embargo, la puesta en práctica de este programa dependía del
nivel de vida general y de la cultura de la sociedad, como explicó
Trotsky en su artículo De la vieja familia a la nueva, publicado en
Pravda el 13 de julio de 1923: “El preparar las condiciones para una
nueva vida y una nueva familia no puede aislarse, repito, de las tareas
generales de la construcción del socialismo. El Estado obrero debe
fortalecerse económicamente para estar en condiciones de encarar
seriamente la educación pública de los niños y liberar a la mujer de
las tareas domésticas. Necesitamos más formas económicas socialistas.
Sólo bajo tales condiciones podremos liberar a la familia de las tareas
que en la actualidad la oprimen y la desintegran. Los lavaderos
públicos tendrían que ocuparse del lavado, los restaurantes públicos de
la comida, las tiendas estatales de la costura. Los niños deberían ser
educados por buenos maestros con verdadera vocación para esta tarea.
Entonces las relaciones entre las parejas se liberarían de todo lo
externo y accidental, y dejarían de absorberse la vida mutuamente.
Entonces se establecería una verdadera igualdad. Las relaciones
estarían condicionadas sólo por el amor. Y sobre estas bases se
establecería realmente, no de la misma manera para todos, por supuesto,
pero sin imposiciones para nadie” (León Trotsky, Escritos sobre la
cuestión femenina. Barcelona, Editorial Anagrama, 1977, págs. 32-33).
La revolución bolchevique sentó las bases para la emancipación
social de las mujeres, y aunque la contrarrevolución política
estalinista representó un paso atrás parcial, es innegable que las
mujeres en la Unión Soviética consiguieron enormes pasos adelante en la
lucha por la igualdad. Las mujeres ya no tenían la obligación de vivir
con sus maridos o acompañarles si se cambiaban de trabajo. Tenían los
mismos derechos para ser cabeza de familia y disfrutaban de igualdad
salarial. Se prestaba mucha atención a la maternidad y se aprobaron
leyes que prohibían a las mujeres embarazadas trabajar largas jornadas
y también estaba prohibido el trabajo nocturno, existía la baja
maternal con salario y las familias disponían de guarderías. El aborto
se legalizó en 1920, el divorcio se simplificó y bastaba con inscribir
el matrimonio en el registro civil. El concepto de hijo ilegítimo
también fue eliminado. En palabras de Lenin: “En el sentido literal, no
hemos dejado un solo ladrillo de las despreciables leyes que colocaban
a la mujer en una situación de inferioridad comparada con los
hombres...”.
Los avances materiales facilitaron la plena incorporación de las
mujeres a todas las esferas de la vida social, económica y política
—comida gratuita en las escuelas, leche gratis para los niños, comida,
ropa, centros de maternidad, guarderías y otras facilidades—.
En La revolución traicionada Trotsky escribe: “La Revolución de
Octubre cumplió honradamente su palabra en lo que respecta a la mujer.
El nuevo régimen no se contentó con darle los mismos derechos jurídicos
y políticos que al hombre, sino que hizo —lo que es mucho más— todo lo
que podía y, en todo caso, infinitamente más que cualquier otro régimen
para darle realmente acceso a todos los dominios culturales y
económicos. Pero ni el “todopoderoso” parlamento británico, ni la más
poderosa re volución pueden hacer de la mujer un ser idéntico al
hombre, o ha blando más claramente, repartir por igual entre ella y su
compañe ro las cargas del embarazo, del parto, de la lactancia y de la
educa ción de los hijos. La revolución trató heroicamente de destruir
el antiguo “hogar familiar” corrompido, institución arcaica, rutina
ria, asfixiante, que condena a la mujer de la clase trabajadora a los
trabajos forzados desde la infancia hasta su muerte. La familia,
considerada como una pequeña empresa cerrada, debía ser susti tuida,
según la intención de los revolucionarios, por un sistema aca bado de
servicios sociales: maternidades, casas cuna, jardines de infancia,
restaurantes, lavanderías, dispensarios, hospitales, sana torios,
organizaciones deportivas, cines, teatros, etc. La absorción completa
de las funciones económicas de la familia por la socie dad socialista,
al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua,
debía proporcionar a la mujer y, en consecuen cia, a la pareja, una
verdadera emancipación del yugo secular” (León Trotsky, La revolución
traicionada. Madrid, Fundación Federico Engels, 1991, pág. 147).
La Internacional Comunista
La Internacional Comunista (IC) siguió las tradiciones del partido
bolchevique, prestó gran importancia al trabajo entre las mujeres y dio
instrucciones a los partidos comunistas para “que extendieran su
influencia entre las más amplias capas de la población femenina,
mediante la creación de organismos especiales dentro del partido y
utilizar métodos especiales para llegar a las mujeres, con el objetivo
de liberarlas de la influencia de las ideas de la burguesía o la
influencia de los partidos conciliadores, además de educarlas como
luchadoras decididas por el comunismo y consecuentemente por el pleno
desarrollo de las mujeres”.
Para la IC la creación de “organismos especiales” para trabajar
entre las mujeres, no significaba la creación de organizaciones
femeninas separadas. Esta idea por sí sola habría sido una abominación,
de la misma forma que la creación de organizaciones revolucionarias
separadas para las naciones oprimidas, los judíos, negros, etc.; Lenin
y Trotsky siempre se opusieron a esta idea. Las tesis dicen claramente
que “el Tercer Congreso de la Internacional Comunista se opone
firmemente a cualquier clase de asociaciones femeninas separadas en el
seno de los partidos y sindicatos o a las organizaciones especiales de
mujeres..” (Tesis, resoluciones y manifiestos de los cuatro primeros
congresos de la Tercera Internacional, pág. 217, en la edición
inglesa).
La IC defendía la necesidad de crear grupos especiales formados por
compañeros especializados y cualificados para este tipo de trabajo,
para las tareas técnicas de la edición de propaganda, panfletos, etc. y
en general para organizar el trabajo. Y también dejaba claro que este
grupo no podía trabajar al margen del partido, y estaban bajo el
control de los órganos electos del partido. Los principales objetivos
de este trabajo eran los siguientes:
“1) Educar a las mujeres en las ideas comunistas y atraerlas a las filas del partido.
2) Luchar contra los prejuicios existentes entre el proletariado
masculino hacia las mujeres, e incrementar la conciencia de los
trabajadores y trabajadoras para hacerles comprender que tienen
intereses comunes.
3) Fortalecer la voluntad de las trabajadoras implicándolas en
todas las formas de conflicto civil, animar a las mujeres de los países
burgueses a participar en la lucha contra la explotación capitalista,
en la acción de masas contra la carestía de la vida, contra la escasez
de vivienda, el desempleo y otros problemas sociales, y las mujeres de
las repúblicas soviéticas deben participar en la formación de la
personalidad y estilo de vida comunistas.
4) Poner el tema en el orden del día del partido e incluir
propuestas legislativas relacionadas directamente con la emancipación
de la mujer, confirmar su liberación, y defender sus intereses como
madres.
5) Llevar adelante una lucha organizada contra el poder de la
tradición, las costumbres burguesas y las ideas religiosas, preparar el
camino para unas relaciones entre los sexos más sanas y armoniosas,
garantizando la vitalidad física y moral de la clase obrera” (Ibid.,
pág, 218).
La Internacional Comunista con Lenin y Trotsky nunca habría
aceptado una actitud negligente o descuidada en este área vital del
trabajo. En el Tercer Congreso de la Internacional Comunista se decía
que “sin la participación activa de amplias masas de mujeres
proletarias y semiproletarias, el proletariado nunca podrá tomar el
poder ni llegar al comunismo.
Al mismo tiempo, el Congreso una vez más llama la atención de toda
las mujeres, porque sin el apoyo del Partido Comunista en todos los
proyectos de liberación de la mujer, no se podrá conseguir el
reconocimiento de los derechos de las mujeres como seres humanos
iguales ni tampoco su verdadera emancipación” (Ibíd., págs, 213-214).
Desde el principio la Internacional Comunista con Lenin y Trotsky,
explicó el papel central de la cuestión de la mujer, pero a) lo
abordaron desde un punto de vista exclusivamente de clase y
revolucionario y b) explicó que la verdadera emancipación de la mujer
sólo se podría conseguir bajo el socialismo. La Internacional Comunista
insistía en la necesidad de integrar el trabajo de las mujeres en el
trabajo general del partido, y nunca debería ir segregado:
“Para fortalecer la camaradería entre las trabajadoras y los
trabajadores, sería deseable no organizar cursos y escuelas especiales
para las mujeres comunistas, sino escuelas generales del partido, en
las que no debemos olvidar discutir los métodos de trabajo entre las
mujeres” (Ibid., pág. 227).
En el Cuarto Congreso —el último congreso genuinamente leninista de
la IC— se publicó un breve balance; en él se destacaba la gran
importancia que este trabajo tenía para una Internacional
revolucionaria (e incluía referencias especiales al problema de la
mujer en los países atrasados y coloniales de Oriente), pero también
decía que las secciones no habían dedicado todo el esfuerzo que se
merecía este trabajo:
“La necesidad e importancia de organizaciones especiales para el
trabajo comunista entre las mujeres, han quedado demostradas por la
actividad del Secretariado de la Mujer en Oriente, que ha realizado un
trabajo importante y fructífero en unas condiciones nuevas y poco
comunes. Desafortunadamente, el Cuarto Congreso Mundial de la
Internacional Comunista tiene que admitir que algunas secciones no han
cumplido total o parcialmente con la responsabilidad de realizar un
trabajo comunista consistente entre las mujeres. Al día de hoy, todavía
no se han tomado las medidas necesarias para organizar a las mujeres
comunistas dentro del partido, y no se han creado organizaciones
vitales del partido para el trabajo entre las masas femeninas y para
establecer vínculos con ellas.
El Cuarto Congreso exige a los partidos interesados a que
solucionen estos fallos urgentemente y con la mayor rapidez posible.
Además pedimos a toda las secciones de la Internacional Comunista que
hagan todo lo posible para promover el trabajo comunista entre las
mujeres, en vista de la gran importancia que tiene este trabajo. No se
podrá conseguir un frente unido del proletariado sin la participación
activa de las mujeres. En condiciones concretas, con la existencia de
vínculos correctos y cercanos entre los partidos comunistas y las
mujeres obreras, las mujeres se pueden convertir en las pioneras de la
unidad del proletariado y de los movimientos revolucionarios de masas”
(Ibid., pág. 326).
El papel del estalinismo
El gran socialista utópico francés Fourier, dijo —sabiamente— que la
situación de la mujer era la expresión más clara de la verdadera
naturaleza de un régimen social. La revolución socialista comenzó a
establecer las bases materiales y legales para la verdadera liberación
de la mujer, pero la contrarrevolución estalinista dio un giro
dramático a la situación. Desaparecieron muchas de las conquistas
conseguidas con la revolución. Se ilegalizó el aborto, el divorcio se
convirtió en algo difícil de conseguir y costoso económicamente. Se
arrestaba a las prostitutas, a diferencia de la política bolchevique
que arrestaba sólo a los propietarios de los burdeles, intentaba
desenmascarar a los hombres que utilizaban a las prostitutas y promovía
la formación laboral voluntaria de las prostitutas. Durante el
estalinismo también se redujeron los horarios de las guarderías para
que coincidieran con las horas de la jornada laboral. A las niñas se
les enseñaba en las escuelas materias especiales y las preparaban para
su papel de madres y esposas.
En 1938 Trotsky describió la situación con las siguientes palabras:
“La posición de la mujer es el indicador más gráfico y elocuente para
evaluar un régimen social y una política estatal. La Revolución de
Octubre escribió en su bandera la emancipación femenina y creó la
legislación más progresista de la historia sobre el matrimonio y la
familia. Esto no significa por supuesto que una ‘vida feliz’ estaba
disponible inmediatamente para la mujer soviética. La genuina
emancipación de las mujeres es inconcebible sin un adelanto general de
la economía y la cultura, sin la destrucción de la unidad familiar
económica pequeñoburguesa, sin la introducción de la preparación
socializada de los alimentos y la educación. Mientras tanto, guiada por
su instinto conservador, la burocracia se ha alarmado ante la
‘desintegración de la familia’. Comenzó cantando panegíricos a la cena
y la lavandería familiares, es decir a la esclavitud doméstica de la
mujer. Para rematar, la burocracia ha restaurado el castigo criminal
por los abortos, regresando oficialmente a las mujeres al estado de
animales de carga. En completa contradicción con el abecé del
comunismo, la casta gobernante ha restaurado así el núcleo más
reaccionario e ignorante del régimen de clase, es decir, la familia
pequeñoburguesa” (León Trotsky. Escritos. Nueva York, Pathfinder Press,
1976, Tomo IX, Vol. I, pág. 193).
Después de la muerte de Stalin en 1953, se implantaron algunas
reformas como por ejemplo el aborto legal, pero la situación de las
mujeres en la Unión soviética nunca recuperó los niveles alcanzados con
Lenin y Trotsky. Aún así, tenían muchas ventajas con respecto a las
mujeres de Occidente. El crecimiento económico de la posguerra
—conseguido gracias a la economía planificada y nacionalizada—,
permitió una mejora general: jubilación a los 55 años, derecho de las
mujeres embarazadas a reducir la jornada laboral con todo el salario,
56 días libres antes y otros 56 días después del nacimiento del niño.
En 1970 se prohibió el trabajo nocturno y subterráneo para las mujeres.
En 1927 el 28% de las mujeres cursaban estudios superiores, en 1960 el
43% y en 1970 el 49%. Los únicos países del mundo en donde las mujeres
constituían más del 40% del total de estudiantes en la educación
superior, eran Finlandia, Francia y EEUU. En 1950 había seiscientas
doctoras en ciencias en la Unión soviética y en 1984 había 5.600.
También se introdujeron reformas en el cuidado de los niños de edad
preescolar: en 1960 había 500.000 plazas de guardería y en 1971 había
más de cinco millones. Los tremendos avances conseguidos gracias a la
economía planificada, con los consiguientes mejoras en la sanidad, se
reflejaron en el aumento de la esperanza de vida femenina, que se dobló
y llegó a los 74 años, y también en el descenso en un 90% de la
mortalidad infantil.
La contrarrevolución capitalista
El movimiento de regreso al capitalismo rápidamente conllevó la pérdida
de todas las conquistas del pasado, y de nuevo llevó a las mujeres a
una situación de miserable esclavitud en el nombre hipócrita de la
familia. Las mujeres han soportado la mayor parte de la carga de la
crisis. Fueron las primeras en perder su empleo, las mujeres hace unos
años representaban el 51% de la fuerza laboral rusa y el 90% de las
mujeres trabajaban, por eso el aumento del desempleo ha hecho que más
de 70% de los parados rusos sean mujeres, en algunas zonas la cifra
alcanza el 90%.
El colapso de los servicios sociales y el aumento del desempleo, ha
hecho desaparecer sistemáticamente para la mujer todos los beneficios
de la economía planificada. El incremento del paro condenará a muchas
más personas a la pobreza en Rusia que en Occidente, porque muchos de
los beneficios sociales en Rusia los proporcionaban directamente las
empresas: “El desempleo todavía implica un profundo estigma en Rusia.
Sólo dejó de ser un crimen en 1991. Aquellos que no tiene un empleo se
enfrentan a la amenaza de la pobreza absoluta. El subsidio de paro
equivale al salario mínimo —14.620 rublos mensuales—, un tercio del
nivel oficial de subsistencia y una séptima parte aproximadamente del
salario medio. Los parados normalmente se encuentran en una situación
bastante peor de lo que dicen las cifras, porque son las empresas y no
los ayuntamientos, las que proporcionan la mayoría de los servicios
básicos —sanidad, educación y transporte—, y por lo tanto estos
servicios sólo están disponibles para los que tienen un empleo” (The
Economist, 11/12/93).
Durante el régimen zarista el salario de las mujeres era un 70%
inferior al de los hombres, ahora es un 40% inferior. Si mantener a la
familia con un salario ya era bastante difícil en la antigua Unión
Soviética, ahora, con el aumento de la pobreza, es prácticamente
imposible. Las mujeres son las principales víctimas de este régimen
reaccionario. La prostitución ha aumentado, las mujeres venden su
cuerpo para sobrevivir y conseguir dinero, sobre todo se venden a los
“nuevos ricos” y a los extranjeros. En muchos casos la mafia las exige
un 20% de lo que ganan. En las revistas occidentales, las mujeres rusas
se anuncian junto a las mujeres del Tercer Mundo y se ofrecen como
esposas a los extranjeros. La esclavitud humillante que sufren las
mujeres rusas, las ha reducido a una simple mercancía.
El 10 de febrero de 1993, el entonces Ministro de Trabajo, J.
Melikyan, anunció la solución del gobierno para el problema del
desempleo. En un lenguaje similar al de los políticos burgueses
occidentales de derechas, señaló que no veía la necesidad de implantar
programas especiales para ayudar a que las mujeres regresaran al mundo
laboral. “¿Por qué deberíamos dar un empleo a las mujeres, si los
hombres están parados o se benefician del subsidio de desempleo?.
Dejemos que los hombres trabajen y que las mujeres cuiden el hogar y
los hijos”. En el pasado este lenguaje habría sido impensable y ahora
es algo normal y aceptable. En esta cuestión es donde se puede ver con
mayor claridad la verdadera cara de la contrarrevolución capitalista,
un retroceso monstruoso a los días de la esclavitud zarista en los que
todo esclavo debía permitir que el ‘señor’ disfrutara de su esposa e
hijas.
Esta situación no sólo ocurre en Rusia. En la antigua República
Democrática Alemana (RDA), nueve de cada diez mujeres trabajaban a
tiempo completo. El trabajo para la mujer era un derecho. Para que las
mujeres pudieran combinar el trabajo y la familia, el Estado
proporcionaba guarderías y escuelas gratuitas para todos los niños. En
la actualidad han desaparecido todas estas conquistas de la economía
nacional planificada. Ya no existen las guarderías gratuitas. Después
de la unificación alemana, desapareció un tercio del empleo femenino,
sobre todo en el sector público, textil y agricultura. “Durante los
últimos años la tasa de paro femenina en Alemania Oriental ha estado en
torno al 20%, cinco puntos por encima de la tasa masculina, y dos veces
por encima de la tasa, tanto de hombres como de mujeres, de Alemania
Occidental. La mujeres de Alemania Oriental privadas de su capacidad de
ganar dinero (y del sistema público de guarderías), han reducido el
número de hijos. En 1989 la tasa de nacimientos en el Este era de 1,56
hijos por mujeres, ahora es inferior, menos de un hijo por mujer”.
El ‘Tercer Mundo’
En los países capitalistas desarrollados ha mejorado la situación de la
mujer. Al menos formalmente las mujeres tienen los mismos derechos que
los hombres. Tienen el mismo derecho a la educación, y hasta cierto
punto, ha mejorado su acceso al trabajo. Sin embargo, en el mundo ex
colonial, donde vive dos tercios de la humanidad, no ocurre lo mismo.
La esclavitud de la mujer es hoy peor que en cualquier otro momento de
la historia. Cada año mueren 500.000 mujeres debido a las
complicaciones surgidas durante el embarazo y otras 200.000 mueren
víctimas de los abortos. Los países ex coloniales gastan en sanidad
sólo el 4% del PIB, una media de 41 dólares por habitante, comparados
con los 1.900 dólares que gastan los países capitalistas desarrollados.
Se calcula que cien millones de niños en una edad comprendida entre los
seis y once años, no reciben ningún tipo de educación. Dos tercios son
niñas. La principal causa de la espantosa pobreza que padece el Tercer
Mundo es el saqueo económico que sufren a través del comercio, además
de una deuda externa de dos billones de dólares.
El dominio absoluto que ejerce el imperialismo y las grandes
multinacionales, garantiza la extracción despiadada de la última gota
de plusvalía de hombres, mujeres y niños sin distinción. El trabajo
infantil existe incluso en los países capitalistas desarrollados, pero
es la norma en Asia, África y América latina. A los padres que viven en
la pobreza no les queda otra alternativa que vender a sus hijos,
incluida la peor clase de esclavitud, la prostitución. La plusvalía
extraída por esos representantes de la civilización humana, cristiana y
occidental, contiene la sangre, sudor y lágrimas de millones de mujeres
y niños explotados, como ocurría en los tiempos de Marx. La burguesía
nos intenta convencer de que está horrorizada ante este sufrimiento,
pero mientras se llenan los bolsillos de dinero.
Los grandes monopolios —como Disney o Nike—, consiguen los
beneficios del trabajo esclavista en países como Haití. El capital ha
destruido las viejas relaciones patriarcales, como bien señalaron Marx
y Engels en las páginas de El Manifiesto Comunista. La explotación
capitalista del Tercer Mundo ha adquirido un carácter particularmente
feroz. La antigua protección de la que disfrutaban mujeres y niños en
el pasado, trasmitidas a través de la familia y las normas de la
sociedad tribal, han desaparecido y en su lugar no hay nada. En el
subcontinente indio las mujeres todavía sufren los antiguos tormentos,
sobrepuestos en la bárbara explotación económica del sistema
capitalista. La burguesía india después de medio siglo de
“independencia” no ha conseguido eliminar el sistema de castas. Todavía
existe el terrible sutte, que consiste en obligar a las mujeres a
lanzarse a la pira funeraria de su marido muerto. Cada año se producen
cientos de casos. Y aquellas viudas que consiguen escapar de este
destino, se las trata como parias y no tienen derecho a la vida. Se las
golpea, se las obliga a pasar hambre y los parientes las humillan hasta
que no les queda otra salida que el suicidio.
En las comunidades agrícolas de Asia el nacimiento de una niña es
considerado una desgracia. El infanticidio femenino es algo común. En
los orfanatos públicos chinos, la mayoría son niñas. El motivo es que
en Asia, en países donde no existen las pensiones de jubilación los
campesinos pobres de Asia necesitan familias grandes para que les
mantengan cuando lleguen a la vejez. Por eso los niños son más valiosos
que las niñas, porque éstas además necesitan una dote para casarse. En
la India si la dote es considerada insuficiente, la familia del novio
puede asesinar a la novia. Esta es la situación de la India a
principios del siglo XXI. Pero la situación en Pakistán no es mucho
mejor, allí la sharia (la ley islámica) es la norma. Las mujeres
prácticamente no tienen ningún derecho y tienen que casarse con quien
elija su familia. Pero Pakistán es un paraíso liberal comparado con
Afganistán bajo el dominio de los talibanes. Antes de la revolución de
1979, la principal actividad económica en Afganistán era la venta de
novias. Los estalinistas afganos aprobaron leyes en las que se
concedían derechos de las mujeres. Hoy nada de eso existe. Las mujeres
no tienen derechos y están confinadas en el hogar. Como no pueden
trabajar, están obligadas a pasar hambre. Esta ley bárbara se aplica
estrictamente, incluso aunque hay escasez de mano de obra debido al
elevado número de hombres que murieron en la guerra. No importa que
muchas de estas mujeres sean profesoras o enfermeras y que sean
necesarias. Les está prohibido trabajar. Esta es la verdadera cara de
la reacción islámica. Pero los verdaderamente responsables son los
imperialistas de Washington y sus títeres de Pakistán que armaron y
financiaron a estos monstruos para luchar contra el “comunismo”.
En Afganistán la lucha por los derechos de la mujer está unida
inseparablemente a la lucha revolucionaria por la transformación
socialista de la sociedad, y al derrocamiento de este régimen horrible
de reacción religiosa. Las mujeres en Afganistán constituyen una
poderosa reserva para la revolución. Esto se pudo comprobar en Irán.
Después de veinte años de reacción islámica las masas están cansadas
del dominio de los mulás. La carga del fundamentalismo es más onerosa
para las mujeres, y ahora comienzan a desafiarla, lo pudimos comprobar
cuando Irán ganó a Estados Unidos en un partido de fútbol, las mujeres
desafiaron la ley y salieron a la calle a cantar y bailar junto con los
hombres, sin el chaddor (velo), y los mulás no pudieron hacer nada para
evitarlo. En la próxima revolución en Irán, también las mujeres jugarán
un papel fundamental.
Lenin dijo en una ocasión que “el capitalismo es horror sin fin”.
Ese horror afecta sobre todo a las mujeres y de forma más cruel a las
del Tercer Mundo. El fracaso del “socialista” FLN en la revolución de
Argelia, también ha terminado en el actual callejón sin salida
sangriento. Las horrorosas masacres de hombres, mujeres y niños,
pueblos enteros literalmente cortados a trozos con navajas y hachas, se
producen continuamente con el silencio cómplice de Occidente. Es
evidente que estas atrocidades no son sólo monopolio de los terroristas
islámicos, también es, y principalmente, obra del régimen militar y sus
escuadrones de la muerte. Además de estos horrores, las mujeres tienen
que sufrir las violaciones y los raptos. Muchas de estas mujeres se
suicidan después. El uso de la violación como un arma de la reacción lo
vimos también en Indonesia, cuando el régimen de Suharto organizó
pogromos contra los ciudadanos chinos, lo mismo hizo el régimen zarista
contra los judíos. Estos horrores nos demuestran de lo que es capaz la
clase dominante. En el futuro si los trabajadores no toman el poder,
también veremos hechos similares en los países capitalistas
desarrollados.
La principal carga de la opresión siempre recae en las mujeres de
las capas más pobres de la sociedad. Sin embargo, sobre todo en el
Tercer Mundo, muchas mujeres de otras clases también sufren tratos
brutales e inhumanos. Los marxistas debemos luchar contra todo tipo de
injusticia social, pero siempre debemos basarnos en la clase obrera, la
única que puede sacar a la sociedad de este callejón sin salida, pero
también debemos denunciar las injusticias que se cometen contra las
mujeres.
Sin molestar la sensibilidad religiosa, con la utilización de un
lenguaje cuidadoso, debemos exponer el papel de la religión. La lucha
revolucionaria en Asia y Oriente Medio exige una lucha despiadada
contra toda clase de oscurantismo y fundamentalismo religioso, que
independientemente de su demagogia “antiimperialista”, siempre juega el
papel más reaccionario en la sociedad. La emancipación de las mujeres
será una utopía si no va acompañada de la lucha contra toda religión,
que sostiene y perpetúa la esclavización de las mujeres.
La mujer y el desempleo
La crisis del capitalismo se manifiesta en la existencia de altas tasas
de desempleo incluso en periodos de auge económico. El paro afecta a
las mujeres y a los jóvenes más seriamente que a otros sectores de la
sociedad. Las tasas oficiales de desempleo femenino en la mayoría de
los países están por encima de la media.
Estas cifras subestiman la verdadera situación ya que excluyen a un
gran número de mujeres que han perdido toda esperanza de encontrar un
empleo y por lo tanto no visitan las oficinas de desempleo. La
“flexibilización del empleo” afecta más a las mujeres. La mayoría de
las mujeres están condenadas a ganar un salario inferior y a trabajar
en unas condiciones laborales peores. Su situación ha ido de mal en
peor. La extensión incontrolada del trabajo a tiempo parcial y
temporal, en teoría más conveniente para las mujeres, es la excusa
ideal para aplicar estas condiciones laborales a los sectores más
indefensos de la sociedad:
“En EEUU, que disfruta de un auge económico y tiene un mercado
laboral ajustado, las mujeres, para muchos empresarios, son un regalo
del cielo. Es más barato emplear a mujeres, están más dispuestas a ser
flexibles y suelen protestar menos por las malas condiciones de
trabajo. Muy pocas están afiliadas a un sindicato. Pero la única
sorpresa es que a pesar de todo esto, la tasa de paro femenino en EEUU
no es inferior a la masculina” (The Economist, 18/7/98).
“Muchas se encuentran en lo que llaman los economistas laborales
‘empleo atípico’, el que mejor se ajusta a la industria de servicios:
tiempo parcial, contrato temporal, horarios irregulares o poco comunes
y con contratos base. Algunas están sin asegurar y muchas tienen
salarios muy bajos. Las mujeres, ansiosas por encontrar una forma de
combinar el trabajo con la familia, están dispuestas a ser más
flexibles y se adaptan mejor que los hombres a esta nueva forma de
trabajar” (Ibid.).
Los trabajos a tiempo parcial se extienden por todas partes. Para
muchas mujeres, esta es la única forma que las permite combinar el
trabajo y la familia. Esto les va bien a los empresarios porque pueden
tratar a sus empleados como les gusta, pueden presionarlos para obtener
un mayor rendimiento laboral a cambio de un salario de miseria. Ahora
han aparecido nuevas variantes. La última es el trabajador
“contingente”: en esencia, alguien que no espera que le dure mucho el
empleo. Estos trabajadores trabajan en una amplia gama de industrias, o
se les contrata temporalmente o están a disposición de la empresa para
cuando ésta les llame. En EEUU las cifras últimas del Departamento del
Trabajo sitúan la cifra en torno a los 5,5 millones de trabajadores,
más de la mitad son mujeres. Estos trabajadores ganan menos que el
resto de trabajadores y a menudo no tienen ningún derecho social.
La versión alemana se llama “empleo secundario” y muchos economista
reconocen que crece a pasos de gigante. El gobierno exime a estros
trabajadores que ganan menos de 340 dólares mensuales de pagar
impuestos, pero a cambio, no tienen derecho a pensión ni subsidio de
desempleo. Se calcula que cuatro millones de trabajadores trabajan en
los “empleos secundarios”.
“Debido a las responsabilidades familiares, las mujeres por regla
general hacen menos horas en sus empleos que los hombres, por eso ganan
bastante menos que los hombres. En el conjunto de la Unión Europea,
aproximadamente un tercio de todas las mujeres asalariadas trabajan
menos de 35-40 horas semanales, (aunque esa media encubre grandes
diferencias ver tabla), entre los hombres la proporción de trabajadores
a tiempo parcial es del 5%, y la mayoría son estudiantes o jubilados.
En EEUU, la proporción de mujeres trabajando a tiempo parcial es más
pequeña que en Europa. Pero mayor en proporción con los hombres. Las
cifras japonesas son similares a las europeas, pero muchas de las
trabajadoras a ‘tiempo parcial’, en la práctica trabajan las mismas
horas que a tiempo completo; aunque ganan menos que los trabajadores a
tiempo completo. En todas partes, el tiempo parcial a menudo equivale a
una ‘segunda clase” (The Economist, 18/7/98).
El sobretrabajo y la familia
The Economist publicó recientemente una encuesta, en ella se presentaba
un dibujo horrible del tipo de sobretrabajo que aflige a los
estadounidenses, no sólo a los trabajadores de cuello azul, sino
también a los de cuello blanco y tiene efectos corrosivos en la vida
familiar y en las relaciones personales:
“Donde trabajan los dos padres (antes era la norma para los
ejecutivos más viejos de la empresa), un día típico comenzaría al
amanecer, preparan a los niños y los llevan a la guardería de la
empresa. Los padres pasarán entonces una larga jornada de trabajo y
recogerán a los niños en la guardería diez horas después, comprarán
algo de camino a casa, cocinarán, pondrán la ropa sucia en la lavadora,
recogerán la casa, leerán a los niños un cuento para dormir y después
se irán a la cama completamente derrotados. Y estos son los días en que
no ocurre nada fuera de lo normal.
“Esos empleados que raramente piden un permiso paternal, tenían un
horario laboral más flexible y se aprovechaban del ofrecimiento de
algún familiar o amigo. Ahora pasan más horas en el trabajo, con
frecuencia su horario es más largo del habitual. Algunas veces sí
necesitaban los ingresos extras, pero en la mayoría de las ocasiones,
se enfrentan a la elección entre el estrés en el trabajo y el estrés en
el hogar, hombres y mujeres eligen el trabajo, allí al menos están en
contacto con sus colegas, se les toma en serio y cobran por sus penas,
mientras que en el hogar se sienten aislados, y tienen que hacer frente
a exigencias interminables. El trabajo se ha convertido en el hogar y
el hogar se ha convertido en un trabajo duro...
“Muchas familias estadounidenses con hijos en edad escolar llevan este tipo de vida” (Ibíd.)
Lógicamente estos trabajadores no están satisfechos con su suerte.
Más de la mitad considera que su principal problema es la “falta de
tiempo”. Ésta es otra de las contradicciones del capitalismo moderno.
En un momento en que los avances de la ciencia y la tecnología han
proporcionado lo necesario para revolucionar la vida de las personas,
que permitirían tener un trabajo mejor y una jornada laboral más corta,
millones están condenados a la miseria y al paro, mientras, otros
millones de “afortunados” que tienen un empleo, están condenados a
vivir de medicamentos, y a pasar largas horas bajo la presión
inexorable del trabajo. Están condenados a sacrificar su salud y
bienestar físico, igual que su vida familiar e hijos.
El empresario utiliza los avances de la tecnología para aumentar la
esclavitud del trabajador, los convierte en esclavos de la oficina y
los somete a una jornada laboral inacabable. Inventos como los
teléfonos portátiles, los buscas, etc., permiten a los empresarios un
nivel de control sobre el trabajador sin precedentes, sin la
supervisión directa del empresario. La distinción entre el centro de
trabajo y el hogar, entre la jornada laboral y el tiempo de ocio ha
dejado de tener significado. La tiranía del capital, su absoluto
dominio de los trabajadores y sus familias, ya es algo absoluto. A
principios del siglo XXI no deberíamos preguntarnos si “hay vida
después de la muerte”, sino más bien “¿hay vida antes de la muerte?”.
‘El segundo turno’
Las mujeres con hijos, si quieren trabajar, deben encontrar alguna
forma de cuidarlos. En una sociedad justa la educación universal y
gratuita debería extenderse a todos los niños, además de implantar
mejores condiciones laborales y garantizar una remuneración para que
los padres puedan cuidar a sus hijos de corta edad. En lugar de esto,
los padres trabajadores tienen que dejar a sus hijos al “cuidado” de
personas que en la mayoría de los casos están escasamente cualificadas
y sin experiencia. Esta situación provoca muchas tragedias. La prensa
sensacionalista encuentra en estos casos la oportunidad para atacar a
estas mujeres desafortunadas, pero se cuida mucho de no acusar a la
sociedad que crea las condiciones para que se produzcan estas
monstruosidades.
De acuerdo con un reciente estudio del Instituto Nacional de
Cuidado Infantil y Desarrollo Humano, el 80% de los niños
estadounidenses en el primer año de vida están al cuidado de alguien
que no es su madre, la mayoría se quedan al cuidado de otra persona a
partir de los cuatro meses de edad, y estos niños suelen estar una
media de treinta horas semanales al cuidado de otra persona que no es
su madre. Además: “La mayoría de estos casos están en una situación por
debajo de la que consideraríamos... óptima. Apenas adecuado es el
término técnico que podría describir el cuidado infantil típico en este
país (...) aproximadamente entre el 15-20% son sombríos e incluso
peligrosos” (Ibid., el subrayado es nuestro).
Incluso estas condiciones primitivas son demasiado costosas para
muchas mujeres a las que no les queda otro remedio que trabajar. A
pesar de todas las palabras sobre la emancipación de la mujer, empleo
femenino y cosas por el estilo, muchas todavía están atrapadas entre
las cuatro paredes del hogar. En Europa aproximadamente un tercio de
las mujeres en edad laboral, se describen como amas de casa, entre
éstas probablemente algunas tendrán un empleo a tiempo parcial. Cuantos
más hijos tienen, más probable es que se queden confinadas en casa.
“Esa no es necesariamente una receta para la felicidad. Casi en todos
los países de la UE, las mujeres que trabajan fuera del hogar parecen
más sanas y satisfechas con la vida que las amas de casa. Pero las que
trabajan no se libran del ‘segundo turno’: una jornada laboral en el
hogar después de trabajar para su empresario” (Ibid.).
La mujer sufre una doble esclavitud: la esclavitud en el trabajo y
además el “segundo turno” en el hogar. Las trabajadoras japonesas, por
ejemplo, pasan tres horas y media diarias en las tareas domésticas,
además de su jornada de trabajo remunerado habitual. Esta situación es
la misma en el resto de sociedades occidentales llamadas civilizadas.
Las mujeres y los sindicatos
La transformación socialista de la sociedad sería impensable sin la
lucha cotidiana para conseguir dar pasos adelante bajo el capitalismo.
No somos indiferentes a la lucha por las reformas. Pero para los
marxistas lo más importante es que los trabajadores aprendan a través
de la lucha. Nuestra principal tarea es “explicar pacientemente” a las
mujeres más activas y conscientes que se encuentran en los sindicatos y
partidos obreros, la necesidad de la transformación socialista de la
sociedad, no sólo nacional sino también internacionalmente. Debemos
tener cuidado de no caer en la trampa de muchos reformistas, de la
miríada de sectas, y también de algunas feministas burguesas, que
piensan que a las mujeres sólo les interesan los “temas femeninos”.
Aunque muchos de estos temas son importantes, sería un error subestimar
los intereses de las mujeres en otras cuestiones más amplias y
cotidianas que son fundamentales. Hay que atraer a las mejores
luchadoras a la teoría y al programa revolucionario del marxismo.
La lucha de la mujer por sus intereses, comienza en el centro de
trabajo. La lucha para organizar a las trabajadoras en los sindicatos,
la lucha para conseguir salarios decentes y condiciones laborales
dignas, y la lucha por su completa igualdad con los trabajadores, es el
primer deber de los marxistas. Las trabajadoras son un colosal
potencial revolucionario para el movimiento obrero, y la burocracia
sindical conservadora es incapaz de desarrollar ese potencial. Las
nuevas condiciones de producción, la expansión de la llamada industria
de servicios, ha incrementado el número de trabajadoras, a la vez que
la gran mayoría no están organizadas en los sindicatos. Éstos deben
tomar la iniciativa para organizar a las capas desorganizadas, en
particular a las mujeres y los jóvenes.
La primera cuestión es la descarada discriminación que sufre la
mujer en el centro trabajo. Las mujeres de todo el mundo, en general,
ganan menos que los hombres —un 20-30% menos—, por el mismo trabajo. Un
salario más bajo normalmente supone menos o ningún beneficio y una
pensión de jubilación más pequeña. Esto no sólo perjudica a las
mujeres, también a los trabajadores. Si un grupo de trabajadores acepta
salarios más bajos esto tiene un efecto depresor sobre los salarios y
condiciones laborales en general. Aceptar que las mujeres y los jóvenes
ganen salarios más bajos que el resto de los trabajadores es
reaccionario, divide al movimiento obrero y es contraproducente. Eso
también explica la indiferencia de muchas mujeres hacia los sindicatos
porque no hacen nada por ellas. Organizar a los desorganizados es el
deber fundamental de los sindicatos, especialmente en la época actual.
Es importante luchar para conseguir que “a igual trabajo igual
salario”. Los empresarios pueden eludir fácilmente este principio de “a
igual trabajo igual salario” porque a veces es difícil e imposible
comparar los diferentes tipos de trabajos que hacen hombres y mujeres
en diferentes ramas de la producción.
“Hoy oportunamente, han encontrado el trabajo que esperaban. Con la
reestructuración de las economías desarrolladas, se han creado muchos
empleos en el nuevo sector servicios diferente al empleo tradicional:
seguro, a tiempo completo, en la industria manufacturera formada
fundamentalmente por hombres. Muchos de estos nuevos empleos son a
tiempo parcial o con horarios extraños, ofrecen y requieren un grado de
flexibilidad que a menudo conviene a las mujeres. Muchos de los
empleos, demasiados, están en la escala más baja, sectores peor pagados
como el comercio, alimentación y limpieza, que ayudan muy poco al
sostenimiento de la familia” (Ibid.).
En aquellos sectores donde hay más mujeres que hombres, los
salarios suelen ser inferiores. Esto es lo que ocurre en el comercio,
limpieza y alimentación, y menos en empleos como la enfermería o la
enseñanza, porque fundamentalmente pertenecen al sector público. Con
tantas mujeres concentradas en sectores con salarios muy bajos, no es
sorprendente que, a pesar de toda la legislación de igualdad salarial,
exista un abismo en todos los países entre los salarios de los hombres
y las mujeres. Gracias a la presión de las trabajadoras y los
sindicatos, se ha acortado algo esta diferencia: en los últimos veinte
años en EEUU, el salario por hora de las mujeres ha pasado del 64% al
80% con relación al de los hombres. Pero todavía existe diferencia, y
cuanto más bajamos en la escala salarial, mayor es la diferencia.
Mientras que los jóvenes, los profesionales del cuidado infantil y
otros trabajos a tiempo completo en EEUU, tienen igualdad salarial, en
las industrias las mujeres ganan menos que los trabajadores.
Las mujeres también sufren discriminación por la maternidad. Tener
un hijo debería ser un motivo de regocijo, en esta sociedad con
frecuencia es una calamidad, especialmente para la madre. A menudo
significa la pérdida del empleo, la pobreza y la humillante dependencia
de las ayudas públicas. La prensa burguesa —especialmente en Gran
Bretaña y EEUU—, califican cínicamente a las madres solteras de
parásitos “que viven a costa del estado”, pero no explica que a estas
mujeres se les niega el acceso al mercado laboral y que se las margina
la sociedad de la forma más brutal e inhumana. Incluso si consiguen
mantener el empleo, la maternidad supondrá el descenso de sus ingresos.
“Si la mujer decide tener un hijo, su salario caerá y cuanto más hijos
tenga, más caerá su salario” (Ibid., el subrayado es nuestro).
¿Marxismo o feminismo?
Los marxistas debemos defender enérgicamente la causa de la mujer,
debemos luchar contra la desigualdad y contra todas las manifestaciones
de opresión, discriminación e injusticia. Pero siempre debemos hacerlo
desde un punto de vista de clase. Mientras luchamos decididamente para
conseguir todas aquellas reformas que representen un paso adelante real
para la mujer, también debemos explicar que la única salida para
conseguir realmente la completa emancipación de la mujer —y de las
otras capas oprimidas de la sociedad—, es mediante la abolición del
sistema capitalista. Esta lucha requiere la máxima unidad entre los
trabajadores y las trabajadoras en su lucha contra el capitalismo.
Cualquier tendencia que se califique de feminista, que intente
enfrentar a la mujer contra el hombre, que divida o segregue a las
mujeres del resto del movimiento obrero en nombre de “la liberación de
la mujer” u otra cosa por el estilo, es reaccionaria y debemos
combatirla enérgicamente.
Nosotros luchamos por la unidad del proletariado,
independientemente de su sexo, raza, color, religión o nacionalidad.
Nuestra lucha por la causa de la mujer necesariamente presupone la
lucha implacable contra todo tipo de feminismo burgués y pequeño
burgués (contra la idea de que la lucha por la emancipación de la mujer
sólo es posible separada de la lucha de la clase obrera por el
socialismo y especialmente contra cualquier intento de enfrentar a la
mujer contra el hombre). Estas tendencias, allí donde consiguen
influencia en el movimiento obrero, siempre caen en manos de los
elementos más reaccionarios, juegan un papel divisorio y arrojan
confusión entre aquellas mujeres que se dirigen hacia el socialismo. En
esta cuestión es necesario mantener siempre una postura de clase firme.
El Partido Bolchevique y la Internacional Comunista en sus resoluciones
siempre hablaban de “mujeres trabajadoras” y no de la mujer en general.
Sobra decir que la lucha por los derechos de la mujer incluye a todas
las mujeres proletarias, incluidas las esposas, paradas, estudiantes,
etcétera. Pero el elemento clave son las mujeres trabajadoras que
representan a un sector cada vez más grande de la clase obrera.
La conquista de “derechos iguales” formales sin la transformación
de las relaciones sociales, es una conquista muy limitada y deja
inalterables las raíces de la opresión de la mujer en la sociedad
capitalista. En el último periodo la mayoría de las “mejoras”
relacionadas con “la discriminación positiva” han servido de vehículo
para el ascenso de una capa de arribistas de la pequeña burguesía. En
la última década la voz del feminismo pequeño burgués, antiguamente tan
estridente con sus reivindicaciones de “igualdad” (el derecho de la
mujer a ser sacerdote, directores de empresa y otras cosas por el
estilo), cada vez tiene menos audiencia. ¿Por qué? Porque las
feministas de clase media hace mucho tiempo que han conseguido lo que
querían.
La burguesía ha dejado un hueco para las directores de empresa,
juezas, banqueras, burócratas y sacerdotisas. El ascenso de la mujer a
los puestos medios de dirección en EEUU ha pasado del 4 al 40% en los
últimos veinte años. Hoy día, 419 empresas de las incluidas en la lista
Fortune 500 cuentan con al menos una mujer en sus consejos de
dirección, y un tercio de estas empresas tienen dos o más mujeres. Las
empresas más grandes promocionan más a la mujer que las del final de la
lista de Fortune 500. Para algunas mujeres las cosas les van muy bien.
Estas arribistas burguesas y pequeño burguesas siempre estuvieron a
favor de la emancipación de la mujer, “una a una, comenzando por sí
misma”.
Por esa razón, siempre hemos mantenido una lucha implacable contra
el feminismo burgués y pequeño burgués. Éste no tiene nada en común con
la lucha real por la emancipación de la mujer. Estas mujeres una vez
han solucionado su “problema” personal dentro de los confines del
capitalismo, ya son felices y se olvidan del 99% de las mujeres que
sufren la opresión y explotación más espantosa, mientras que las
antiguas “feministas “ se unen a las filas de los explotadores. Un
fenómeno similar ha ocurrido con los negros de clase media en EEUU que
han conseguido hacer fortuna en los últimos años. La clase dominante
siempre se puede permitir hacer este tipo de “concesiones” que no
amenazan su dominio como clase.
No estamos a favor de la “discriminación positiva”, sea de mujeres,
negros o de cualquier otro sector. Es una reivindicación pequeño
burguesa que sirve para desviar la atención de las verdaderas raíces de
la desigualdad. Por su propia naturaleza, la imposición de cuotas
arbitrarias para mujeres, negros, etcétera, sirve como vehículo para la
avance de una minoría de arribistas y da la impresión de que “se está
haciendo algo”, mientras los problemas fundamentales siguen
inalterables. Este método no responde al problema de la discriminación,
desvía la atención de lo verdaderamente importante y es un ejercicio de
simbolismo. Es el método utilizado con frecuencia por la burocracia
para bloquear el avance de la izquierda en los órganos de dirección de
los partidos y sindicatos obreros, en ayuntamientos y parlamentos. El
caso más evidente ocurre en Estados Unidos, allí la burguesía utiliza
hábilmente este método para calmar el tema racial creando una pequeña
capa de arribistas negros. Los negros de clase media han utilizado la
lucha contra el racismo para acceder a los mejores empleos, con buenos
salarios y después deciden que lo mejor para ellos es ser más
“moderados” y “razonables”.
Algunas veces trabajadoras y jóvenes honestas se pueden calificar a
sí mismas de feministas, sin que comprendan claramente lo que significa
eso. Debemos tener una actitud flexible y positiva con ellas. Lo mismo
ocurre con aquellos que pertenecen a las minorías oprimidas. De la
misma forma que nos oponemos al nacionalismo, debemos oponernos el
feminismo. Y esta postura no afecta a nuestra lucha contra la
discriminación. Siempre abordamos la cuestión de la desigualdad desde
el punto de vista de la clase obrera y del socialismo, nunca desde otro
punto de vista. Una cosa es que las trabajadoras expresen su
preocupación por los problemas a los que se enfrentan debido a su sexo
(desigualdad salarial, el trabajo en el hogar, los problemas del
cuidado de los hijos, el acoso sexual y la violencia contra la mujer) y
luchar contra estos problemas, y otra cosa muy distinta es cuando las
tendencias burguesas y pequeño burguesas intentan explotar los
problemas de las mujeres para librar una guerra entre los sexos. La
preocupación natural de las trabajadoras es la desigualdad que padecen
y luchan contra ella. Este debe ser el punto de partida en la lucha
para cambiar la sociedad en líneas socialistas, el feminismo burgués y
pequeño burgués trata la cuestión de la mujer de una forma aislada y
busca la solución dentro de los confines del sistema capitalista. Esto
invariablemente conduce a conclusiones reaccionarias.
La amenaza cultural
Las mujeres tienen problemas concretos a los que hay que prestar
atención. No sólo la discriminación en el trabajo, la discriminación
salarial por razón de sexo, la ausencia de derechos, etc., sino también
cuestiones relacionadas con la maternidad, el embarazo, etc.. El papel
de la mujer como madre también plantea necesidad de derechos especiales
para la protección de las mujeres embarazadas y las madres. La
introducción de la igualdad formal, sin duda es un paso adelante, pero
no soluciona el problema fundamental de la mujer:
“La reivindicación feminista más radical —la extensión del sufragio
a las mujeres en el marco del parlamentarismo burgués— no resuelve la
cuestión de la igualdad real para las mujeres, especialmente de las que
pertenecen a las clases desposeídas. La experiencia de las trabajadoras
en aquellos países capitalistas en los que durante los últimos años la
burguesía ha introducido la igualdad formal entre los sexos es bastante
diáfana. El voto no acaba con la primera causa de esclavitud de la
mujer en la familia y en la sociedad. Algunos Estados burgueses han
sustituido el matrimonio civil por el matrimonio indisoluble. Pero
mientras las mujeres proletarias dependan económicamente del empresario
capitalista y de su marido, el sostén familiar y la ausencia de medidas
generales que protejan la maternidad y la infancia, que socialicen la
educación y el cuidado infantil, no se igualará la situación de la
mujer en el matrimonio ni resolverá el problema de las relaciones entre
los sexos” (Tesis, resoluciones y manifiestos de los cuatro primeros
congresos de la Tercera Internacional, pág. 215, en la edición
inglesa).
Toda la historia de las reformas sociales relacionadas con las
mujeres durante el siglo pasado, demuestra que esto es completamente
correcto.
Los problemas de la mujer no se terminan en la fábrica u oficina,
se extienden al hogar y a la sociedad. Debemos luchar por la
eliminación de toda legislación discriminatoria; por la completa
igualdad de la mujer y el hombre ante la ley; por el pleno derecho al
divorcio y al aborto; por el libre acceso a los anticonceptivos y a la
sanidad; por guarderías universales, gratuitas y de calidad para todos
los niños. Debemos elaborar un programa de reivindicaciones
transicionales, el punto de partida deben ser las necesidades más
inmediatas y perentorias de las mujeres, no son el centro trabajo sino
también el hogar, cuidado infantil, educación, vivienda, transporte
público, pensiones, ocio, derechos legales, etc.. Mientras luchamos por
cada una de estas reivindicaciones progresistas que tienden a mejorar
la situación de la mujer, es imperativo que demos a todas estas
demandas un contenido de clase. Por ejemplo, debemos exigir la creación
de guarderías diurnas de calidad financiadas por el Estado. Pero la
lucha cotidiana por los derechos de las trabajadoras no se termina
aquí, además hay que concienciar a estas mujeres de su situación como
miembros de una clase explotada, de la necesidad de luchar por un tipo
diferente sociedad en la que se garanticen sus derechos como seres
humanos.
La decadencia de este sistema amenaza todos los cimientos de la
civilización. Junto a los problemas sociales y económicos creados por
la pobreza, los bajos salarios y el desempleo, el proletariado además
tiene que enfrentarse al problema de la droga, el crimen y los abusos
de todo tipo que amenazan sobre todo a las mujeres, niños y jóvenes.
Los reaccionarios y los curas gimen por los síntomas de “decadencia
moral”, pero son incapaces de relacionarla con la crisis del sistema en
el que viven. El deber del movimiento obrero es luchar para defender
los elementos de la cultura y la civilización que existen y que son
amenazados por la decadencia del capitalismo. La vieja familia comienza
a desaparecer, pero nada ocupa su lugar. El resultado de este vacío es
que millones de mujeres —muchas de ellas jóvenes y vulnerables—, se
enfrentan una vida de miseria al convertirse en madres solteras sin
otra alternativa que la dependencia de la misericordia y las migajas de
la burocracia estatal. Como si no fuera suficiente su sufrimiento, los
hipócritas de la burguesía liberal han iniciado una campaña despiadada
contra ellas, las insultan, humillan, criminalizan, las presentan como
parias sociales, “viviendo a expensas de la sociedad” (que es
exactamente lo que hace la burguesía).
En Gran Bretaña, una de las primeras medidas del gobierno Blair fue
atacar las ayudas que recibían las madres solteras. Por ejemplo en
Australia hay 360.000 madres solteras que reciben un total de 2.900
millones de dólares anuales, el presupuestos para gastos sociales es de
42.000 millones de dólares. Estas mujeres tienen una edad media de 33
años, consiguen 107 dólares a la semana, con ellos tienen que
alimentarse, pagar la vivienda y vestir a su familia, si el Estado
quiere ahorrarse esta suma tendría que llevar a estos niños a los
orfanatos. En el resto de países se repiten este tipo de ataques a este
sector tan vulnerable de la sociedad con la excusa de atacar la llamada
cultura de dependencia. Es un ejemplo de las virtudes de la “moralidad
cristiana” e hipocresía al servicio del capitalismo. También dice mucho
sobre la actitud de la sociedad burguesa hacia las mujeres y los niños.
La situación de las mujeres divorciadas también es una cuestión de
clase. Los efectos del divorcio y la soledad son muy diferentes,
dependiendo de a qué clase social pertenezca la mujer. Un juez
americano concedió el divorcio a la esposa del millonario Robert I.
Goldman, presidente del Congreso Financiero, y recibió el 50% de sus
cien millones de dólares. ‘Bienvenido al divorcio del nuevo ejecutivo”
(Business Week, 5/8/98).
Los sociólogos burgueses presentan la familia monoparental
“moderna” como un ejemplo perfecto del progreso social y la
emancipación. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos en los
últimos veinte años se ha doblado el número de mujeres que viven solas
y alcanza los quince millones. En un reciente libro titulado The
Improvised Woman, Reinventing Women in a Single Life, se presenta un
cuadro ideal de estas mujeres despreocupadas: “Mujeres solteras que se
compran coches, se quedan embarazadas o adoptan un niño, y elevan su
posición e influencia”. Pero las estadísticas generales revelan el
abismo que separa a la gran mayoría de madres solteras, muchas de ellas
negras, que viven en los guetos urbanos de las ciudades en el país más
rico del planeta, en condiciones tercermundistas, sometidas a la
pesadilla de la pobreza, las drogas, el crimen y la violencia.
La crisis del capitalismo se manifiesta en el intento universal de
reducir el gasto público. El ataque al empleo, los niveles de vida, la
sanidad y la educación afecta a la clase obrera en general, pero tiene
su efecto más pernicioso sobre la mujer, que se encuentra al final de
la cadena de explotación, los peores empleos, con la peor protección y
seguridad. Además, la mujer está sometida a una doble opresión. Son
oprimidas como miembros de la clase obrera y también como mujeres. La
única forma de solucionar los problemas de la mujer es luchando por el
derrocamiento del capitalismo y su sustitución por el socialismo, un
sistema que pueda garantizar la verdadera libertad tanto a hombres como
a mujeres, la libertad de desarrollarse personal e intelectualmente.
Conscientes de que sólo una sociedad socialista terminará con la
esclavitud que sufren hombres y mujeres, también debemos luchar, en la
media de la posible, contra el atraso y las actitudes reaccionarias,
especialmente en el movimiento obrero, que perjudican la unidad de los
trabajadores y retrasan la causa de la emancipación de la clase obrera.
Debemos luchar por una verdadera moral proletaria que trate a todos los
trabajadores: hombre o mujer, blanco o negro, como iguales, unidos en
la causa común de la lucha contra el capital.
La mujeres en la lucha
Es necesario llegar a las mujeres obreras allí donde estén. Esto
significa llegar a los centros de trabajo y a los sindicatos. Pero
muchas mujeres también pueden entrar en la lucha contra el capitalismo
por otras cuestiones —mala vivienda, carestía de la vida, alquileres
elevados...—. Esto se pudo comprobar en la lucha contra el poll tax en
Gran Bretaña. En una huelga donde predomina la fuerza laboral
masculina, es vital implicar activamente a las esposas de los
huelguistas. Ellas pueden proporcionar unas reservas de fuerza
colosales, pero esto frecuentemente es pasado por alto por los
trabajadores. Durante la huelga minera de 1984-85, las esposas de los
huelguistas organizaron comités de apoyo, vinculados a los sindicatos y
comités de huelga, jugando un papel inestimable en la lucha, y al mismo
tiempo ellas aprendieron muy rápidamente. También es necesario asegurar
que los maridos de las trabajadoras las apoyen plenamente en la lucha.
Los maridos también pueden aprender mucho de la lucha de sus esposas.
Una vez que la mujer se convierta en parte activa de la lucha,
rápidamente transformarán sus puntos de vista. Incluso mujeres
antiguamente atrasadas políticamente, conservadoras y religiosas pueden
desarrollar rápidamente conciencia revolucionaria. Es obvio que esto se
debe hacer en estrecho contacto con los sindicatos y comités de huelga,
no se debe contraponer al movimiento oficial, como hacen las sectas y
los anarquistas. Estos comités ad hoc no pueden tener una actividad
independiente y desaparecen cuando el movimiento termina. Cualquier
intento de mantenerlos de una forma superficial, terminará por
burocratizarlos y serán monopolizados por los elementos menos
representativos, pequeño burgueses, sectarios, y cuando el movimiento
comienza de nuevo se convierten en un obstáculo. El objetivo de
participar en estos comités no es para ponerlos en contra de los
sindicatos, sino asegurar que las mujeres comienzan a participar de una
forma activa en las organizaciones obreras para transformarlas. Según
se transforma la naturaleza de la producción y las viejas industrias
pesadas son sustituidas por modos de producción más modernos, basados
en la tecnología de la información, las mujeres se convierten en una
parte decisiva de la fuerza laboral, incluso en la mayoría.
Sin embargo, en última instancia la emancipación de la mujer sólo
se conseguirá con la emancipación del conjunto de la clase obrera: “Al
mismo tiempo que mejoramos el trabajo del partido entre las proletarias
—una tarea inmediata tanto para los partidos comunistas de Occidente
como para los de Oriente—, el Tercer Congreso de la Internacional
Comunista debe al mismo tiempo señalar a las mujeres trabajadoras de
todo el mundo que su liberación de siglos de esclavitud, ausencia de
derechos y desigualdad, sólo es posible con la victoria del comunismo,
y que los movimientos de las mujeres burguesas son completamente
incapaces de garantizar a las mujeres lo que el comunismo las
garantiza. Mientras exista la propiedad privada y el poder del capital,
la liberación de la mujer de la dependencia del marido no puede ir más
allá del derecho a disponer de su propiedad y salario, y decidir en
términos de igualdad con su marido el futuro de sus hijos” (Tesis,
resoluciones y manifiestos de los cuatro primeros congresos de la
Tercera Internacional, págs. 214-215, en la edición inglesa).
El comunismo y la familia
Desde los inicios del marxismo, la cuestión de la emancipación de la
mujer ha ocupado un lugar central en su pensamiento. En El Manifiesto
Comunista podemos leer: “Las declamaciones burguesas sobre la familia y
la educación, sobre los dulces lazos que unen a los padres con sus
hijos, resultan más repugnantes a medida que la gran industria destruye
todo vínculo de familia para el proletario y transforma a los niños en
simples artículos de comercio, en simples instrumentos de trabajo.
“¡Pero es que vosotros, los comunistas, queréis establecer la comunidad de las mujeres! —nos grita a coro toda la burguesía.
“Para el burgués, su mujer no es otra cosa que un instrumento de
producción. Oye decir que los instrumentos de producción deben ser de
utilización común, y, naturalmente, no puede por menos de pensar que
las mujeres correrán la misma suerte con la socialización.
“No sospecha que se tata precisamente de acabar con esa situación de la mujer como simple instrumento de producción.
“Nada más grotesco, por otra parte, que el horror ultramoral que
inspira a nuestros burgueses la pretendida comunidad oficial de mujeres
que atribuyen a los comunistas. Los comunistas no tiene la necesidad de
introducir la comunidad de mujeres: casi siempre ha existido.
“Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su disposición las
mujeres y las hijas de sus obreros, sin hablar de la prostitución
oficial, encuentran un placer singular en seducir mutuamente las
esposas.
“El matrimonio burgués es, en realidad, la comunidad de las
esposas. A lo sumo, se podría acusar a los comunistas de querer
sustituir una comunidad de las mujeres hipócritamente disimulada, por
una comunidad franca y oficial. Es evidente, por otra parte, que con la
abolición de las relaciones de producción actuales desaparecerá la
comunidad de las mujeres que de ellas se deriva, es decir, la
prostitución oficial y no oficial” (C. Marx y F. Engels, El Manifiesto
Comunista. Madrid, Fundación Federico Engels, 1996, pág. 56).
Los orígenes de la esclavitud de la mujer —como explicó Engels—, se
encuentran en la propiedad privada, y sólo se podrán superar con la
abolición radical de la propiedad privada de los medios de producción y
de la división del trabajo. Engels escribe en El origen de la familia,
la propiedad privada y el Estado: “Hemos visto cómo en un grado
bastante primitivo del desarrollo de la producción la fuerza ‘trabajo
del hombre’ llega a ser apta para suministrar un producto mucho más
cuantioso de lo que exige el sustento de los productores, y cómo este
grado de desarrollo es en lo esencial el mismo donde nacen la división
del trabajo y el cambio entre individuos. De esto no hubo sino un paso
para descubrir la gran ‘verdad’ de que el hombre mismo puede servir de
mercancía, que la fuerza ‘trabajo humano’ puede llegar a ser un objeto
de cambio haciendo del hombre un esclavo.
“Apenas comenzaron los hombres a practicar el cambio, cuando ellos
mismos fueron cambiados. El activo se convirtió en pasivo, quisieran o
no los hombres” (F. Engels, El origen de la familia, la propiedad,
privada y el Estado. México, Editores Mexicanos Unidos, 1980, pág.
202).
Vemos cómo la opresión de la mujer ya estaba presente en el periodo
precapitalista, en las primeras formas de organización social, la
familia de la antigüedad. Con el desarrollo de la familia patriarcal y
de la familia monógama se consolidó junto con una economía familiar
separada, vinculada a la propiedad privada.
En la familia, vemos que la primera división original del trabajo
tiene una base psicológica, si se hubieran administrado los recursos de
una forma comunista, no se habría producido el sometimiento de la mujer
al marido. Con la llegada de la monogamia y el desarrollo de los medios
de producción, la división del trabajo siguió igual, pero el hombre
adquirió un peso mayor, sólo él participaba en la producción social y
el plusproducto. Engels explica que la opresión de la mujer aparece con
el surgimiento de la propiedad privada y la división del trabajo, y con
ello la separación de papeles entre hombres y mujeres.
“Con arreglo a la división del trabajo en la familia de entonces,
el papel del hombre consistía en proporcionar la alimentación y los
instrumentos de trabajo necesarios para ello, y, por consiguiente, era
propietario de estos últimos” (F. Engels, El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado. México, Editores Mexicanos Unidos, 1980,
pág. 61).
En La ideología alemana, Marx y Engels escriben: “Con la división
del trabajo, que lleva implícitas todas estas contradicciones y que
descansa, a su vez, sobre la división natural del trabajo en el seno de
la familia y en la división de la sociedad en diversas familias
opuestas, se da, al mismo tiempo, la distribución y, concretamente, la
distribución desigual, tanto cuantitativa como cualitativamente, del
trabajo de sus productos; es decir, la propiedad, cuyo primer germen,
cuya forma inicial se contiene ya en la familia, donde la mujer y los
hijos son los esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy
rudimentaria, latente en la familia, es la primera forma de propiedad,
que se corresponde perfectamente con la definición de los modernos
economistas, según la cual el derecho del trabajo y la propiedad
privada son términos idénticos: uno de ellos, dice, referido a la
actividad, lo mismo que el otro, referido al producto de ésta” (C. Marx
y F. Engels, La ideología alemana. Barcelona, L’Eina Editorial, 1988,
págs. 28-29).
En la etapa de la división del trabajo, después del abandono de la
organización comunista tribal, cada individuo estaba fijo a la
actividad concreta que se le asignaba: él ya no es responsable junto a
los demás de la producción y el consumo de la comunidad, ahora está
‘prisionero’ en un papel, en una actividad concreta que realiza para el
propietario de la fuerza de trabajo, y de acuerdo con la voluntad del
propietario. Más tarde, en la medida que la sociedad se organiza de una
forma más compleja, esta relación que surge dentro de la familia, se
convierte en la norma de las relaciones de la comunidad dividida en
clases, clases que se encuentra en antagonismo mutuo debido a la
posición diferente que ocupan con respecto a la propiedad de los medios
de producción.
No es casualidad que Engels en El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado, haga referencia al antagonismo entre el
hombre y la mujer en el matrimonio monógamo, como el primer contraste
de clase que aparece en la historia e identifica la opresión del sexo
femenino por el masculino, como el primer episodio de la opresión de
clase. En este texto podemos leer: “en la familia él (el hombre) es el
burgués, la mujer representa al proletario”.
En la transición del feudalismo al capitalismo el orden social, y
por lo tanto también la familia, sufre cambios que para la mujer abre
enormes posibilidades de emancipación, aunque también conlleva un
aumento de su opresión. Mientras en el periodo precapitalista la
familia era la unidad de producción dentro de la que aún se encuentran
los medios para su subsistencia, bajo el capitalismo se convierte
sencillamente en una unidad de consumo. Esto creó las condiciones para
que la inacabada relación matrimonial de cada miembro de la familia ya
no esté sujeta formalmente a la jerarquía basada en las capacidades
productivas directas, sino que él o ella se vean como un individuo con
aspiraciones democráticas e igualitarias. Las máquinas y la nueva
tecnología sitúan en segundo lugar la relativa debilidad física de la
mujer, la permite acceder al mundo laboral y salir del estrecho marco
familiar. Esta situación sienta las bases para la superación de la
vieja división psicológica del trabajo entre hombre y mujer. En este
contexto, la abolición del matrimonio basado en la violencia, el
reconocimiento del derecho político de la mujer, el divorcio, la
eliminación formal de la discriminación entre sexos, son obra del papel
positivo que ha jugado la industrialización. Al mismo tiempo cada vez
es más necesario adecuar la familia a la explotación de la fuerza
laboral masculina y femenina bajo el capitalismo. Los empresarios están
contentos ante la posibilidad de utilizar gran cantidad de mano de
obra, porque esto les permite reducir los costes de producción. Si en
la familia precapitalista el hombre tenía que obtener por sí mismo y
por su trabajo los artículos de primera necesidad para mantener a toda
la familia, ahora esa remuneración se puede repartir entre los salarios
de todos los miembros de la familia que entran al mundo laboral.
En el primer volumen de El Capital leemos: “El valor de la fuerza
de trabajo no se determinaba ya por el tiempo de trabajo necesario para
el sustento del obrero adulto individual, sino por el requerido para
mantener a la familia obrera. Al lanzar la maquinaria a todos los
miembros de la familia obrera sobre el mercado de trabajo, reparte el
valor de la fuerza de trabajo del hombre entre toda su familia. De ahí
que desvalorice su fuerza de trabajo. La compra de la familia
fraccionada, por ejemplo, en cuatro fuerzas de trabajo, tal vez cueste
más que costaba antes la adquisición de la fuerza de trabajo del cabeza
de familia, pero en cambio se tienen cuatro jornadas de trabajo en
lugar de una, y su precio disminuye en proporción al excedente de
plustrabajo de los cuatro sobre el plustrabajo de uno. Los cuatro
tienen que suministrar no sólo trabajo, sino también plustrabajo para
el capital, a fin de que la familia viva. De esta manera, la maquinaria
amplía desde un principio, junto con el material de explotación humano,
el verdadero campo de explotación de capital, también el grado de
explotación” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976, Vol. I,
Tomo II, pág. 110).
Cuando marido y mujer trabajan en el presupuesto familiar aumentan
los ingresos, pero al mismo tiempo también aumentan los gastos, la
reducción del tiempo dedicado a las “tareas del hogar” conlleva más
gastos, por ejemplo, hay que comprar un congelador adecuado a las
nuevas necesidades alimenticias, pagar a alguien para que cuide a los
hijos, etc., Esto ocurre porque el capitalismo no proporciona los
servicios sociales necesarios, incluidas las guarderías que liberen a
la mujer de la carga de sostener la economía familiar y que la situaría
al mismo nivel que el hombre. La situación actual favorece a los
intereses de los empresarios que pueden crear una categoría laboral más
barata.
Por lo tanto es incorrecto y es un error hacer referencia al
trabajo doméstico como un remanente del pasado o un resto de la
producción precapitalista, también es incorrecto creer que éste se
puede eliminar bajo el capitalismo, porque el trabajo doméstico es un
elemento necesario para la reproducción de la fuerza laboral y para el
debilitamiento de la fuerza laboral femenina dentro del mercado
laboral.
Aquí llegamos a una de las diferencias fundamentales entre la
esclavización del proletariado masculino y el femenino. Cuando el
trabajador masculino entró el primero en la fábrica, formalmente se
emancipó como trabajador asalariado libre. Se liberó de la relación de
servidumbre feudal que dominaba la producción precapitalista. Este no
fue el caso de la mujer. La relación entre la mujer y el capital se
mide por la relación con el hombre y por consiguiente, a diferencia del
trabajador masculino, la situación de la mujer no nace o desaparece en
la división social del trabajo bajo el capitalismo. La mujer antes de
ser trabajadora es esposa: el lugar original y concreto de su opresión
es el hogar, y las relaciones que se establecen en él. La mujer tiene
la obligación de cumplir con todas las ‘obligaciones’ familiares,
mientras que su papel productivo en la sociedad es secundario: en la
mayoría de los casos el salario del hombre es más elevado y el salario
de la mujer tiene un carácter marginal en el ingreso global de la
familia. Como el poder de un individuo bajo el capitalismo viene
dictado por la posesión de dinero, la mujer tiene menos poder y por lo
tanto continua esclavizada al hombre.
La producción familiar se convierte en un sector privado y el
trabajo de la mujer se convierte en la propiedad del padre o el marido.
Este modo de producción —aunque necesario—, también entra en
contradicción con la producción capitalista que impone a la mujer, el
tiempo, la velocidad y la opresión del modo capitalista de producción.
Un ejemplo clásico es cuando los empresarios exigen a las trabajadoras
firmar una cláusula en la que se comprometen a no tener hijos, si no
serán despedidas. Esta contradicción se produce porque la producción
capitalista es la producción de mercancías o servicios para vender,
mientras que el trabajo familiar produce mercancías y servicios que no
se venden y que son simplemente para el uso familiar. Por esta razón
las tareas de la esposa en el hogar tiene unas características
similares al trabajo real, en una sociedad basada en el intercambio de
mercancías el trabajo doméstico no tiene ningún valor. Y la persona que
realiza este trabajo (la mujer) tampoco tiene valor porque no obtiene
dinero por él.
Para superar esta contradicción algunos sectores de la burguesía
defienden el salario del ama de casa. Nosotros nos oponemos a esta
demanda que pretende reconocer el carácter social del trabajo en el
hogar, condenando a las mujeres —por una miseria—, a permanecer dentro
de las cuatro paredes del hogar. No es casualidad que el salario para
el ama de casa sea una bandera de las fuerzas conservadoras —las
católicas en primer lugar—, que sitúan en el centro de su política la
“defensa del núcleo familiar”. Esta situación obligaría a la mujer a
cambiar su trabajo en el hogar por una parte del salario del padre o el
marido, que está integrado en la producción social real.
La única forma de socializar el trabajo doméstico es transferir las
tareas de las amas de casa a trabajadores asalariados fuera de la
familia, a través de la creación de guarderías públicas, comedores
públicos, etc., y en general con la extensión del estado del bienestar.
Estas medidas serían el primer paso necesario para la verdadera
socialización del trabajo doméstico, que sería un aspecto decisivo de
la economía comunista.
A la consigna del salario para el ama de casa, nosotros
contraponemos la reivindicación de un salario para todos los parados.
Esta reivindicación significa reconocer plenamente a las amas de casa
como parte de la clase obrera y pedir su inclusión en el mundo laboral
en condiciones de igualdad, con el objetivo de integrarlas en la lucha
general del movimiento obrero por el pleno empleo, y nos oponemos a la
política de la burguesía que utiliza a las amas de casa como una
reserva de fuerza laboral para ser utilizada en momentos de producción
máxima y en condiciones de superexplotación (trabajo en el hogar,
trabajo eventual, etc...).
Las relaciones entre hombres y mujeres bajo el capitalismo son
inhumanas y están distorsionadas porque el sistema universal de
producción de mercancías reduce las personas a cosas. No sólo la
relación entre los sexos, sino que todas las relaciones en general se
deshumanizan bajo lo que Marx y Engels calificaron como el “nexo del
dinero”. Esta sociedad no es natural, está dominada por relaciones
artificiales. ¿Acaso no nos asombra que a veces las personas en lugar
de comportarse como seres humanos inteligentes se comportan como
monstruos? Los padres consideran a los hijos su propiedad privada. Los
maridos consideran a sus esposas de la misma forma. Debido a las
implacables presiones de la vida en la “economía de mercado”, donde el
dinero es el dios, las relaciones se distorsionan de tal forma que no
se reconocen. Como explica Engels: “Hoy, el producto domina aún al
productor; hoy, está regulada la producción total de la sociedad, no
conforme a un plan elaborado en común, sino por leyes ciegas que se
imponen con la violencia de los elementos, en último término, en las
tempestades periódicas de las crisis comerciales” (Ibid., pág. 202).
Bajo el capitalismo las relaciones personales adquieren valor en la
medida que reproducen o se subordinan a las relaciones de explotación,
con el objetivo de incrementar el poder de los individuos que
participan en ellas, por ejemplo, conseguir más dinero. El trabajador
vende su trabajo al patrón a cambio de un salario, la mujer vende su
servicio, cuida a los niños y al productor, a cambio de una parte del
salario obtenido por su compañero. La alienación del trabajo se basa en
que el trabajador no es directamente responsable de la planificación y
consumo de su producto social, sólo es un vendedor de su fuerza de
trabajo y crea las condiciones objetivas para la alienación de la mujer
dentro de la familia. El trabajador en la familia se comporta según
este modelo de relaciones. Consiguientemente, la desalienación de la
relación hombre-mujer es posible sólo con la desalienación de las
relaciones sociales y viceversa. Marx en los Manuscritos económicos y
filosóficos, señala que a través del carácter de la relación entre los
sexos “podemos juzgar el grado de civilización alcanzado por el
hombre”.
Si tratamos seriamente la cuestión de la esclavitud de la mujer, no
basta con tratar sus manifestaciones más obvias. Como ya hemos dicho es
necesario luchar contra todo tipo de desigualdad y discriminación. Pero
hasta que no se erradique el origen de la opresión femenina, la esencia
del problema seguirá sin resolver. La mujer sólo se liberará cuando el
hombre sea libre. Es decir, cuando la humanidad comience a vivir una
existencia verdaderamente humana.
Engels explica: “Pero lo que seguramente desaparecerá de la
monogamia son todos los caracteres que le han impreso las condiciones
de la propiedad a las cuales deben su origen; estos caracteres son, en
primer término, la preponderancia del hombre, y luego la
indisolubilidad. La preponderancia del hombre en el matrimonio es
consecuencia, sencillamente, de su preponderancia económica y caerá por
sí sola con ésta. La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en
parte de la situación económica de donde salió la monogamia, y en parte
es una tradición de la época en que, mal comprendido aún el enlace de
esa situación económica con la monogamia, fue exagerado hasta el
extremo por la religión. Actualmente está desportillada ya por mil
lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo
podrá serlo donde el amor persista. Pero la duración del acceso del
amor sexual es muy variable según los individuos, particularmente entre
los hombres; y la desaparición del afecto ante un amor apasionado nuevo
hace de la desaparición un beneficio, lo mismo para ambas partes que
para la sociedad (Ibid., pág. 92).
El programa de la Internacional Comunista para la transición al
socialismo defendía: “Comedores públicos, lavanderías, talleres de
reparaciones, instituciones de bienestar social, viviendas, etc., que
transformen la vida cotidiana en líneas comunistas completamente nuevas
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